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15 de octubre de 2021

El mito del test con los europeos

Suponer que el cruce de junio de 2022 con Italia y otros eventuales representarán una seria medida para deducir qué destino podría tener la Selección Argentina en Qatar, es igual de incontrastable que la cruzada de los terraplanistas.

Messi, una de las figuras del seleccionado argentino.Messi, una de las figuras del seleccionado argentino.
Tomado como lo que fue el triunfo frente a Perú (un partido de poco brillo pero también de poca zozobra) y ya al alcance de la mano la clasificación al Mundial de Qatar, se vuelve pertinente examinar el runrún periodístico que reclama partidos amistosos frente a las potencias europeas.

Salgamos rápido de las verdades de Perogrullo: por supuesto que siempre es bueno sentarse a la mesa de los mejores, medirse con ellos y sacar las conclusiones que haya que sacar.

Y también es cierto que la dinámica actual de la FIFA y de la UEFA inhibe competencias que sí fueron factibles en los tramos cercanos a los Mundiales precedentes.

Lautaro Martínez, goleador del equipo argentino.Lautaro Martínez, goleador del equipo argentino.
Formuladas esas precisiones, suponer que el cruce de junio de 2022 con Italia y otros eventuales, hoy de improbable concreción, representarán una seria medida para deducir qué destino podría tener la Selección Argentina en Qatar, es igual de incontrastable que la cruzada de los terraplanistas.

Salvo en la etapa previa del Mundial de Rusia, cuando la paliza tenística recibida con España prefiguró el devenir del penoso ciclo de Jorge Sampaoli, rara vez los exámenes previos suponen un indicador digno del rango que forzadamente se le reconoce.

La Selección de Marcelo Bielsa, hizo tabla rasa con tirios y troyanos, incluidos los grandes de Europa, pero resulta que en el Mundial 2002 cayó con Inglaterra y quedó afuera por un empate con una mediocre Suecia que cuatro días después perdió con Senegal.

En febrero de 1973, en Münich,  la Selección por entonces dirigida por Enrique Omar Sívori venció a Alemania con el 90 por ciento de sus estrellas (Franz Beckenbauer, Sepp Maier, Paul Breitner, Wolfgang Overath), pero en el Mundial del 74 el representativo albiceleste paso sin pena ni gloria y la Copa la alzaron los teutones.

¿Y el Mundial 86?

De la mano de Bilardo hubo meses preparatorios que rozaron la calamidad y que, de hecho, comprendieron perder un amistoso con Noruega, pero ya en el Mundial de México 86 el equipo fue una máquina que empató con Italia y doblegó a los otros cuatros europeos con los que se midió: Bulgaria, Inglaterra, Bélgica y Alemania en la final.

Resulta cuanto menos curioso que a 91 años del primer Mundial de fútbol más de cuatro conocedores agudos se olviden u omitan que se alude a una competencia que tiene una complejidad específica y una babel de factores imposibles de desentrañar a priori.

Un Mundial de fútbol es un universo en sí mismo.

Un puñado de meses antes de convertirse en el que para muchos es el mejor equipo de la historia del fútbol, el Brasil de Pelé que dio cátedra en el Mundial de México 70 perdió un partido amistoso con una descafeinada Argentina que ya penaba el lastre de la tristemente célebre eliminación con Perú en la Bombonera.

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